Hola, querido lector:
Hace mucho que no escribía. Antes lo hacía a diario, pero la vida me alejó del mundo de las letras y también del mundo de la política, porque, básicamente, este blog estaba destinado a eso. Sin embargo, a partir de ahora, las cosas van a cambiar: este será mi punto de reflexión.
Le cuento, querido lector, que mis últimas semanas no han sido para nada fácil. Mucho estrés, muchas tensiones nerviosas que fluyen sobre mí. Llevo varias noches sin dormir. Es más, son las tres de la mañana y creo que dormir como una persona «normal» ya ni siquiera es algo que considere posible.
El hombre, un sujeto condicionado y afectado por esta sociedad materialista y superflua, donde se ha mercantilizado todo: el amor, la amistad, los lazos sociales… Todo es mercancía, todo es líquido, diría Zygmunt Bauman, aquel escritor que leí durante mi época universitaria.
Pero, querido lector, tal vez escríbame sirva para desahogarme. ¿Una forma de terapia? Puede ser.
Volviendo al tema de lo que me mantiene en vela durante las últimas semanas, como les comentaba, vivir en una sociedad mercantilizada nos lleva a pensar, cuando nos acercamos a los 31 años de vida: ¿qué he hecho?, ¿qué he logrado?
En cuanto a lo material, poco. Ni casa tengo; la perdí a causa de la Justicia de este país, que tantas veces parece beneficiada a los «sinvergüenzas». Auto no tengo, y creo que ni siquiera me alcanzaría para cargarle algunos litros de nafta. Tengo una moto abandonada en la casa de un amigo que debería arreglar; vale aclarar que tiene alrededor de diez años.
Mi formación educativa está prácticamente a medias. En lo que va del año me mudé unas cuatro veces, intentando encontrar un poco de serenidad, esa serenidad que, según decía don Antonio Gala, conduce a la felicidad. Una felicidad que no figura entre mis días.
Aunque mi fortaleza mental ha soportado muchas cosas, al igual que mi cuero, por así decirlo, creo que he llegado a un límite. Un punto en el que siento que ya no puedo seguir de la misma manera.
Creo que tengo dos opciones: una, tirarme al foso del subsuelo, a la depresión; la otra, buscar un cambio radical en mi vida. Aunque ese cambio radical implica destruir algunas «comodidades» a las que me he acostumbrado.
Durante algunos días busqué refugio en una botella de vino. Algo que, visto desde la razón, resulta superfluo e irracional, porque no conduce a ninguna parte. Aunque, claramente, en esta sociedad materialista algunos consideran que el dinero vale más que la serenidad y la felicidad. Y no los culpables: en definitiva, en esta sociedad capitalista nos manejamos con dinero. Es un medio para distintos fines, entre ellos, pagar el techo que tenemos sobre nuestras cabezas.
Sin embargo, me siento un extraño en mi propia casa. La rutina me ha vencido. Soy un tipo medianamente formado y veo que no logro salir de una mediocridad que yo mismo construyó.
Mi intención no es victimizarme, ni mucho menos, sino relatar los tormentos de un hombre simple, que no sabe más que nadie y que siempre ha intentado actuar haciendo el bien. Tal vez esos factores, esos atributos, no pesen demasiado en la balanza de nuestra sociedad.
Pero hay algo que me molesta: el silencio.
Yo, que era amante del silencio, últimamente siento que me carcome pensar que tal vez pasen los próximos años de mi vida sumido en él. Quizás las personas que le daban ruido a ese silencio ya no están, o simplemente dejaron de ser una compañía agradable para mí.
Si algo aprendí en esta vida es que hay algo que no se recupera: el tiempo. El tiempo no se compra con ningún dinero. Creo que es lo más valioso que tenemos.
Como le comentaba, querido lector, antes amaba los silencios prolongados, pero durante las últimas semanas el silencio me aturde. Me aturde sobrepensar y preguntarme si mi futuro será una repetición de lo que han sido estos últimos cuatro meses.
En materia del corazón, del amor, este encierro y este silencio me han aturdido tanto que me he vuelto desconfiado incluso con quienes intentan acercarse. Creo que soy un incapaz para construir algo «sano».
Por otro lado, estoy agotado de lo instantáneo, de esta sociedad en la que está romantizada ser «vivo», engañar, mentir y mantener relaciones amorosas por puro interés. Tal vez ese no sea mi palo.
En definitiva, querido lector, la ayuda psicológica nunca fue una opción para mí. Algo que está mal, lo sé, pero soy tan obstinado que pienso que puedo autosanarme, incluso de esos pensamientos oscuros que me llevan a preguntarme: ¿dónde están mis sueños? ¿He vivido o no he vivido? ¿Estoy perdiendo mis días? ¿Mis años?
Todo esto, atrapado en una rutina que parece no tener fin, salvo que decide cortarla con la tijera de la adrenalina: volver a vivir, sentir, experimentar.
El fútbol es mi vía de escape, pero hasta eso parece haberse borrado durante los últimos días, incluso esas ganas de verlo o de vivirlo.
Creo que todos llegamos a un punto de la vida en el que hacemos equilibrios. Yo siempre he sido de sobrepensar demasiado. Tal vez nuestra sociedad no esté hecha para personas demasiado reflexivas.
Y usted, querido lector, pensará: «¿Esto es una carta de quejas?». Jajaja. Talvez. Puede ser un tema personal, pero creo que todos atravesamos momentos así en la vida.
Sin embargo, hoy me di cuenta de algo: aunque todo fuera un caos, aunque perdiera la fe en la vida e incluso en el amor de una mujer, hay algo que todavía deseo: vivir .
La vida de un tipo tranquilo, ermitaño, parece haber llegado a su fin. Necesito vivir mi propia vida de forma plena.
No hablo de ir a boliches oa fiestas, sino de viajar, desvelarme sin sentir que tengo que responder por cada obligación, disfrutar de una buena charla con un amigo sin estar pendiente del reloj. En definitiva, volver a disfrutar de esas pequeñas cosas que hacen que la vida tenga sentido.
Quizás una vida un poco más hippie podría ser una buena opción.
Si estás pasando por un mal momento, ¡ánimo! Buscá una salida, entrená, enfocáte en nuevos proyectos y, sobre todo, no temas a los cambios.
Eso sí: ser una persona que reflexiona demasiado y sobrepiensa todo no te lo recomiendo. Puede llevarte a una soledad extrema, a desconfiar de los demás ya encerrarte en vos mismo, especialmente en una sociedad mercantilizada, dominada por las redes sociales y las cosas superfluas.
Y hay otra cosa, querido lector, que quiero decirte: tu tiempo, tu tiempo, querido lector. El tiempo no vuelve nunca. Podrás recuperar algunas cosas, pero el tiempo no se recuperará.
Ante los malos momentos, utilizar nuestro tiempo para construir una vida plena y hacer aquello que nos gusta puede ser una buena opción.
Saludos cordiales.
Un tipo simple: Brando David Tamay Pérez.
3:20 de la mañana. Sentado frente a una mesa destartalada de bar, con un teclado al que le faltan algunas letras, pero que ha decidido hacer algunos cambios en su vida.
Si estás pasando por algo similar, dejame un comentario en este artículo. Te leo. Tal vez puedas dedicar algunas líneas.

